CÓMO MORIR DE PASIÓN POR LO MENOS UNA VEZ AL DÍA!!

“Prefiero morir de pasión, a morir de aburrimiento.” Vincent Van Gogh – Alive Ahora está en Bogotá la exposición Van Gogh Alive, fui una mañana gris de domingo. Esperaba ver “algo bonito” por eso me sorprendió la conmoción, las inquietudes revividas no sólo por la intensidad de las imágenes y los colores, sino por las palabras citadas: blanco […]
“Prefiero morir de pasión, a morir de aburrimiento.” 
Vincent Van Gogh – Alive
 
Ahora está en Bogotá la exposición Van Gogh Alive, fui una mañana gris de domingo. Esperaba ver “algo bonito” por eso me sorprendió la conmoción, las inquietudes revividas no sólo por la intensidad de las imágenes y los colores, sino por las palabras citadas: blanco sobre negro junto a explosiones de amarillo y azul.
 
La frase que me quedó resonando con más fuerza fue la que está al comienzo de este texto; resonaba como preguntas... Yo sé qué es “morir de aburrimiento”, he estado en ese lugar, he muerto de aburrimiento... ¿Qué sería para mí “morir de pasión”? ¿Cuándo, qué tan a menudo muero de pasión? ¿Cuándo aprendí que era “malo” morir de pasión, que debía tenerle miedo a mi pasión “desbocada”?
 
Morir es perder la identidad, lo que digo que soy... Morir de pasión sería “dejarme ir” en una experiencia intensa, de amor intenso a algo, a alguien... Entonces ya no le pongo límites a mis acciones, a mis emociones, desde lo que “soy”, porque ya no sé qué-quién soy. Muero de pasión cuando bailo y también cuando escribo, muero de pasión cuando me río con mi hijo, muero de pasión cuando converso con una amiga sobre algo que me encanta, cuando leo o voy a cine... Claro, no todas las veces... ¿Cuándo sí y cuándo no? Sí, cuando me doy permiso de morir.
 
Y me da miedo morirme de pasión... ¿por qué? ¿Por qué no me da miedo morir de aburrimiento? Me llegan voces distintas que me han dicho: “cálmate”, “no te rías tan duro”, “componte”, “contrólate”... Y también las historias de “la hija de fulanita que es una alocada”, “la prima que se dejó llevar”, “el muchacho que era lo más de juicioso y, de repente, le dio por ser artista”... y, sin hacerlo explícito, se asume que el desenlace de esas “muertes por pasión” fue lamentable. 
 
Yo escuché esas voces. No soy la única. Creo que muchos de nosotros aprendimos que era mejor morir de aburrimiento, aprendimos a temerle a la pasión. Buscamos “experiencias extremas” que nos saquen del aburrimiento; pero no se trata de eso, porque no morimos,  seguimos siendo quienes somos y hacemos cosas “divertidas”... Son distintas la diversión y la pasión.
 
Al escribir esto, siento un profundo anhelo, una mezcla de tristeza y alegría que danzan y me piden que me arriesgue a morir más veces de pasión que de aburrimiento. Entonces me encantaría terminar mis días con un inventario diario de mis muertes por pasión. A eso te invito...
 
Y creo también que vale la pena darle un buen uso a la “muerte por aburrimiento”; yo la voy a convertir en un indicador, ¿de qué? De mi necesidad urgente de pasión. 
 
Ahora es tu turno, porque no hay aprendizaje sin acción. A esta práctica le voy a poner nombre: “Alive”.

  1. Primero: pregúntate qué aprendiste sobre la pasión; qué es, quiénes la sienten, cuándo es “buena” o “mala”, qué hay que hacer con ella, cuándo la sientes y cuándo te gustaría sentirla...  Y también, haz lo mismo con el aburrimiento.
  2. Segundo: date permiso y crea las condiciones para experimentar una muerte por pasión al día. Registra la experiencia en tu bitácora personal (no la compartas en redes, es para ti).
  3. Tercero: observa si cambia tu relación con la pasión, y propónte aumentar ese número en el inventario diario.
  4. Cuarto: usa al aburrimiento como un indicador; se trata de tu alma pidiéndote que te conectes intensamente con algo o con alguien significativo para ti. Escucha el pedido de tu alma y arriésgate a morir de pasión...

 
 Carolina Alonso C.

Tener conversaciones sobre lo que pasa en la relación es algo que no sabemos cómo hacer. En realidad, creemos en el “vivieron felices para siempre” en este sentido: una vez la relación ya se formalizó, podemos prender el piloto automático y dejar que ande sola. El esfuerzo está en la parte inicial, en la consolidación. Después, “el amor” se encargará de que funcione; si no funciona será porque “el amor” se agotó o no fue suficiente. Pretendemos ignorar nuestra responsabilidad en la co-creación de las relaciones que tenemos.

Conversar sobre la relación es nuestra manera de crearla conscientemente; necesitamos conversar sobre quiénes estamos siendo, sobre nuestras creencias, nuestras prácticas, nuestros sueños… Conversar con curiosidad, con auténtico deseo de comprender para actuar amorosamente. Amar es conocer y nuestra manera de conocernos es conversando. 

Ya sea sobre el sexo, el dinero, las relaciones con las familias, etc.  tenemos que hablar siempre, no sólo cuando hay problemas. Infortunadamente nuestra educación relacional nos enseñó lo contrario: sólo hablamos cuando una de las partes cree que hay algo “mal”. Las mujeres solemos ser quienes decimos que tenemos que hablar y no somos muy hábiles al hacerlo porque tendemos a señalar todo lo que el otro no está haciendo o “debería” hacer de otra manera.

Esperamos hasta que el vaso se llene con frustración, rabia, cansancio, decepción, insatisfacción, entre otros ingredientes, para decir que necesitamos conversar. Así que llegamos cargadas con todo esto; es normal entonces que el otro se disponga a la defensa o al contraataque.  

Las conversaciones que surgen del “vaso lleno” no tienen por objetivo comprender ni aprender; en realidad buscan —y logran— generar culpa. Sobre la culpa nada se puede construir. 

Nuestra sexualidad es ya un territorio de inmensa vulnerabilidad: nos exponemos, nos mostramos, estamos literalmente desnudos frente al otro. Además, la cultura ha rodeado al sexo de demasiadas culpas y expectativas: entre las Cincuenta sombras de Grey y algunos discursos religiosos que hacen del placer y del cuerpo los opuestos de la bondad y del espíritu, nos perdemos a nosotras mismas y no logramos nombrar lo que sentimos y necesitamos para compartirlo con el otro, para ponerlo abierta y tranquilamente sobre la cama. 

Hablar de sexo nos asusta más que tenerlo porque se trata de desnudar nuestras creencias, nuestros temores, nuestras fantasías.

Porque no sabemos si “somos normales”, porque no sabemos cómo recibirá el otro esto que llevamos dentro… Tememos ser juzgadas, este es el gran miedo. Y al otro le pasa lo mismo. Así que callamos y dejamos que el vaso se llene. Círculo vicioso que nos hace temerle aún más a hablar sobre sexo. 

Ahora es tu turno, recuerda que no hay aprendizaje sin acción. Y hoy se trata de tener una conversación muy honesta contigo misma sobre tu sexualidad.

  • ¿Qué aprendiste sobre el sexo y sobre el rol de los hombres y de las mujeres?
  • ¿Qué temes que pase si hablas de lo que sientes, de lo que necesitas, de lo que deseas, de lo que no te gusta?
  • ¿Qué aprecias y disfrutas de lo que hace tu pareja y de lo que haces tú cuando tienen relaciones sexuales?


NOTA: Hablar de sexo es intensamente erótico, así que puede ser una excelente práctica preliminar!!

  • Así que crea un contexto propicio e invita a tu pareja a conversar… Comparte estas reflexiones, incluidos los miedos que tienes de abrir estas conversaciones, y escucha… Luego... mmmmm... déjense llevar...

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