Imagen

​Durante mucho tiempo pensé que una separación amorosa no era posible y quizás por esa creencia sumada a mi intención de no hacerle daño a una persona a quien seguía amando y de cuyo amor estaba segura, postergué durante mucho tiempo mi decisión de separarme. Sí, leíste bien… El amor seguía ahí y, aún así, yo ya no podía seguir en esa relación. Creo que esta es la clave para que una separación sea amorosa: el amor debe estar ahí. 

Y el amor siempre está, incluso si nos cuesta mucho trabajo verlo en medio de la frustración, el miedo, la rabia, el aburrimiento… la desconexión. Cuando nos encontramos con alguien y creamos una historia, el amor ya apareció y nunca va a desaparecer. Lo que creo que todavía nos falta comprender es que las «formas» como ese amor se expresa pueden cambiar y, en efecto, cambian.

Hoy entiendo los «nombres» que les ponemos a las relaciones como recipientes, son contenedores. Como una matera, por ejemplo. Y en cada contenedor (que tiene la forma que nuestras creencias le dan) pueden ocurrir ciertas cosas y otras no. A veces, lo que necesitamos y anhelamos que ocurra ya no cabe en ese contenedor. Como cuando siembras un árbol en una matera y, poco a poco, el árbol crece y necesita que lo sembremos en un jardín o en un bosque. 

​Cuando somos pareja, los dos nos «sembramos» en la matera que podemos construir en ese momento y luego crecemos, cambiamos, pasan cosas… Y podemos sentir que ese contenedor ya no es el que necesitamos. Eso no hace «mala» a la otra persona ni a nosotros, tampoco tiene por qué hacernos odiar a la matera… Cuando aceptamos este hecho -y a veces eso es lo que más nos cuesta- decidimos «transplantarnos». El vínculo de amor permanece y podemos, si elegimos hacerlo así, hacer que el proceso de separación honre la historia vivida y a quienes la protagonizamos. Esto no lo hace menos doloroso, pero sí menos dañino… 

Un abrazo amoroso de este árbol que está creciendo y dando frutos en un amplio y bello jardín!!