El poder de una caricia

Sentir en la piel es sentir en el alma. Los poros no filtran, respiran: inhalan y exhalan. La respiración de la piel da vida al alma. Cuando sentimos la brisa fresca o la tibieza del sol, nuestra alma sonríe y el corazón se expande; cuando el frío es agobiante o la textura de algo que […]
Sentir en la piel es sentir en el alma. Los poros no filtran, respiran: inhalan y exhalan. La respiración de la piel da vida al alma. Cuando sentimos la brisa fresca o la tibieza del sol, nuestra alma sonríe y el corazón se expande; cuando el frío es agobiante o la textura de algo que tocamos es ruda y gélida, el alma frunce el ceño y el corazón se recoge. 

La caricia dulce, suave, gratuita tiene inmenso poder: sanar el alma. 

El fin de semana pasado recibí un regalo maravilloso envuelto en pieles de distintos colores, pieles de mujeres que venían de distintos lugares del país y que, reunidas por una causa dolorosa y noble al mismo tiempo, se permitieron sentir su cuerpo a través de la música y el movimiento, sentir sus emociones a través del cuerpo y sentir las caricias llenas de admiración y cariño que otras mujeres, comprometidas y humildes, les regalamos desde nuestros corazones conmovidos.

No sé quienes, en este encuentro de sentires, de pieles y de caricias, resultamos más bendecidas. Al final de la jornada, sólo era cierta la mutua gratitud. 

Hay mujeres en nuestro país y en el mundo entero que no conocen las caricias; que reciben golpes o que son tocadas sólo cuando el otro quiere sexo.  Esta carencia de caricias no distingue clase social, color de piel, región del país, nivel educativo... Esta necesidad de contacto amoroso no es una necesidad del cuerpo, sino del alma. 

¿También necesitamos aprender a acariciar? Sí... Hay mucho dolor grabado en el cuerpo, que es dolor del alma. Sólo las caricias, el movimiento, la música y escuchar la voz de la piel y los tejidos pueden sanarnos. Hablar y explicar desde la mente no sirve de mucho... Sentir, palpar, conectar, danzar, cantar, tocarnos el cuerpo y el alma con amor y cuidado: este es el camino.

Hoy me despido con una caricia...
​Carolina.

¿Cuál es el sentido de...? Esta es la pregunta que me mueve. El sentido de cada experiencia, el propósito de una relación, el significado de una palabra o una frase, la dirección hacia la cual me llevan mis decisiones: siento que parte esencial del sentido de mi vida es hacerme esta pregunta una y otra vez, así como ayudarle a otras personas a hacérsela.

A veces siento que mi trabajo como consultora es como "algo al margen" de mi verdadero camino. Sin embargo, la vida abre posibilidades a ese lado de la margen una y otra vez, por lo que me veo obligada a pensar en cómo vivo mi propósito integralmente: en todos los dominios de mi vida...

Ahora mismo estoy en Ibagué, una ciudad pequeña de Colombia, acompañando a los líderes de una empresa y a sus equipos a conversar sobre cómo alcanzar sus objetivos a partir de relaciones de verdadera colaboración que hagan de sus 44 horas semanales dedicadas al trabajo algo que los entusiasme y los satisfaga... Mmmmm... Sí, esta es una manera de ayudar a restablecer la conexión, sin duda. 

Cuando encuentro sentido para mis acciones diarias mi manera de realizarlas cambia completamente: siento alegría y mi disposición es a disfrutar y a aprender. Si, por el contrario, no veo este sentido, me cuesta levantarme, me quejo con más frecuencia, quiero que termine pronto y me canso mental, física y anímicamente. No me gusta sentirme así... Y me doy cuenta de que es fácil caer por el precipicio del sin-sentido.

¿Qué hace que vivamos una vida con sentido? Esta ha sido una pregunta que las filosofías y  religiones del mundo a través de la historia se han hecho una y otra vez. Claro, últimamente nos ocupamos mucho de "ser felices"...  Buscar la felicidad no necesariamente conduce a vivir una vida con sentido; por otra parte, vivir una vida con sentido sí nos hace felices, aunque no sea fácil, aunque no siempre tengamos "lo que queremos"... Por eso creo necesario volver una y otra vez a la pregunta por el sentido...

Pertenecer y sentirnos vinculados, salir de nosotros mismos y servir a otros, conectarnos con algo más grande que nos contiene y nos guía, contar la historia de nuestra vida como un regalo para otros, tener una actividad que nos inspire y que contribuya a la belleza, la bondad y la verdad de la Vida... Para mí, las claves del sentido están en estas condiciones. También en la decisión, consciente y activa, de vernos y re-configurarnos una y otra vez para que la vida que vivimos sea cada vez más parecida a esa vida que anhelamos.

Hoy quiero invitarte a que notes cuándo te sientes conectada, conectado, al sentido y cuándo no: qué sientes diferente, cómo actúas diferente... Sólo observa, con amorosa curiosidad, con auténtico deseo de comprender... 

Un abrazo,
​Carolina. 

Anoche mi hijo se puso muy bravo conmigo porque decidí poner a nuestro perrito en clases con un entrenador. Lloró mucho, con rabia. Yo no entendía por qué, la verdad. Cuando ya pudo hablar me dijo que él amaba a su perro tal como era y que esas clases lo iban a cambiar, literalmente dijo: "Le va a cambiar la personalidad y yo no quiero que sea diferente de lo que es". Ok. Me quedé unos minutos en silencio porque quería comprender. Al final le dije que no creía que fuera a cambiarle la personalidad, como a él no le había cambiado por ir al colegio; también le dije que era mi rol tomar decisiones según mi criterio, por el bienestar de nuestro perrito.  La crisis pasó luego de una media hora... Pero yo me quedé pensando en el origen de su rabia...

Resulta que mi hijo ve los videos de Germán, Germán tiene perrito... Y Germán tiene opiniones... Mmmmmm... Mi hijo lo admira, así que para él, este Youtuber es una figura de autoridad cuyas opiniones son importantes.  Sip, un tema complejo para las madres y los padres hoy... 

Sin embargo, de lo que quiero hablar no es de mi hijo y la influencia de Internet; quiero hablar de cómo yo - y quizás tú también - reacciono muchas veces movida por fuerzas que no son mías, que no están en mí: no actúo libremente. 

Me imagino como una marioneta: los hilos que me mueven son mi emociones, así como mi hijo lloró y me reclamó movido por la rabia y el miedo. Esos hilos están atados a una estructura, unas creencias, ideas u opiniones de donde salen mis emociones; como la idea de que el entrenamiento le cambia la personalidad a los perritos. Y esa estructura es movida por alguien, por el titiritero...  Cuando no soy consciente del origen de mis emociones ni de mis actos, el titiritero no soy yo... En esos momentos no soy libre: le he dado mi poder de elegir a otro u otros que, cuando no tenemos 8 sino 44, suelen estar cómodamente instalados en nuestra mente. Son como esos arrendatarios que se apropian de las casas después de muchos años de vivir allí sin que nadie haya reclamado la propiedad. 

Ejercer mi libertad implica reclamar la propiedad de mi casa, de mi mente. Requiere esfuerzo y perseverancia porque no hay usurpador que quiera irse por las buenas!! El resultado es la autonomía: yo soy la autoridad en mi vida. (NOTA: no se trata de "hacer lo que se me da la gana", sin importar qué pase con los demás. Desde mi respeto por los demás y por mí misma, elijo con amor y cuidado.) 

Mi hijo tiene 8, su criterio está en formación. Claro, a veces me veo reaccionando y... creo que mi criterio sigue en formación.  En estas ando, observándome con amorosa curiosidad, haciendo ajustes en mis acciones, sacando a los malos inquilinos... Reclamando mi autonomía, mi libertad. 

La libertad es el tesoro que encontrarás en la Aventura Amorosa...  PRÓXIMAMENTE!!!
Un abrazo,
​Carolina.

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