Anoche mi hijo se puso muy bravo conmigo porque decidí poner a nuestro perrito en clases con un entrenador. Lloró mucho, con rabia. Yo no entendía por qué, la verdad. Cuando ya pudo hablar me dijo que él amaba a su perro tal como era y que esas clases lo iban a cambiar, literalmente dijo: «Le va a cambiar la personalidad y yo no quiero que sea diferente de lo que es». Ok. Me quedé unos minutos en silencio porque quería comprender. Al final le dije que no creía que fuera a cambiarle la personalidad, como a él no le había cambiado por ir al colegio; también le dije que era mi rol tomar decisiones según mi criterio, por el bienestar de nuestro perrito.  La crisis pasó luego de una media hora… Pero yo me quedé pensando en el origen de su rabia…

Resulta que mi hijo ve los videos de Germán, Germán tiene perrito… Y Germán tiene opiniones… Mmmmmm… Mi hijo lo admira, así que para él, este Youtuber es una figura de autoridad cuyas opiniones son importantes.  Sip, un tema complejo para las madres y los padres hoy… 

Sin embargo, de lo que quiero hablar no es de mi hijo y la influencia de Internet; quiero hablar de cómo yo – y quizás tú también – reacciono muchas veces movida por fuerzas que no son mías, que no están en mí: no actúo libremente. 

Me imagino como una marioneta: los hilos que me mueven son mi emociones, así como mi hijo lloró y me reclamó movido por la rabia y el miedo. Esos hilos están atados a una estructura, unas creencias, ideas u opiniones de donde salen mis emociones; como la idea de que el entrenamiento le cambia la personalidad a los perritos. Y esa estructura es movida por alguien, por el titiritero…  Cuando no soy consciente del origen de mis emociones ni de mis actos, el titiritero no soy yo… En esos momentos no soy libre: le he dado mi poder de elegir a otro u otros que, cuando no tenemos 8 sino 44, suelen estar cómodamente instalados en nuestra mente. Son como esos arrendatarios que se apropian de las casas después de muchos años de vivir allí sin que nadie haya reclamado la propiedad. 

Ejercer mi libertad implica reclamar la propiedad de mi casa, de mi mente. Requiere esfuerzo y perseverancia porque no hay usurpador que quiera irse por las buenas!! El resultado es la autonomía: yo soy la autoridad en mi vida. (NOTA: no se trata de «hacer lo que se me da la gana», sin importar qué pase con los demás. Desde mi respeto por los demás y por mí misma, elijo con amor y cuidado.) 

Mi hijo tiene 8, su criterio está en formación. Claro, a veces me veo reaccionando y… creo que mi criterio sigue en formación.  En estas ando, observándome con amorosa curiosidad, haciendo ajustes en mis acciones, sacando a los malos inquilinos… Reclamando mi autonomía, mi libertad. 

La libertad es el tesoro que encontrarás en la Aventura Amorosa…  PRÓXIMAMENTE!!!
Un abrazo,
​Carolina.

Reclama tu libertad… saca a los malos inquilinos

por | May 8, 2017 | Sin categoría | 0 Comentarios