Pertenecer

Ayer, en una sesión muy amorosa de constelaciones con sistémica, vi con claridad el origen de dos de mis creencias falsas fundamentales: estoy sola y no pertenezco.  En la disposición de mi sistema familiar, yo estoy arriba, como una observadora que, aunque está ahí, no se permite ser parte. Más mente que corazón, temiendo ser […]

Ayer, en una sesión muy amorosa de constelaciones con sistémica, vi con claridad el origen de dos de mis creencias falsas fundamentales: estoy sola y no pertenezco.  En la disposición de mi sistema familiar, yo estoy arriba, como una observadora que, aunque está ahí, no se permite ser parte. Más mente que corazón, temiendo ser castigada por lo que veo y que otros no ven, temiendo ser causa de dolor para los otros.

Me imaginé a Peter Parker, el hombre araña, que elige separarse de los que ama y ocultarles sus poderes para que nadie les haga daño, también para evitar tener una debilidad que lo lleve a ceder en su misión por salvar a su amada o a su tía.  Amar es ser vulnerable; pertenecer implica renunciar a tus poderes: esas fueron las lecciones que heredé y he organizado mi vida para ratificarlas. Y el anhelo inmenso por pertenecer, amar y ser amada está en la raíz de la tristeza que ha brillado en mis ojos desde siempre.

En noviembre de 1982 cumplí 10 años, nos mudamos de Ciudad Montes a El Nogal (del estrato 3 al 6...) entré a bachillerato y mi hermano entró en la universidad. Varias implicaciones: por un lado, la urgencia de salir del barrio se originó en esa aventura de mi papá con la vecina... así que esa mudanza fue como una huida. En Ciudad Montes mi papá tenía un reino, pertenecía a la Defensa Civil y manejaba el territorio, el Sur de la ciudad era su mundo. Al sacarlo de allí, contra su voluntad, claro, pusimos a una criatura salvaje en una costosa jaula,  su rabia creció contenida...

Yo dejé mi vida de barrio, los juegos en la cuadra, el parque enorme que era como el patio de mi casa; llegué a una zona donde no había niños en la calle, las empleadas domésticas tenían uniformes, en la panadería no vendían lenguas azucaradas y los vecinos no se conocían entre sí.  Yo no pertenecía a ese barrio, mi familia no pertenecía a ese lugar. Comencé a sentir vergüenza de lo que éramos. Mi mamá cantaba duro en la misa y eso me avergonzaba, mi papá no sabía tutear y le dio por hacerlo, yo no hablaba inglés ni estaba en un colegio del Norte...  No sé cómo habrá sido para mi mamá ni para mi hermano; creo que sus mundos estaban lejos, el mundo de mi mamá era la empresa donde reinaba y florecía, y mi hermano estaba descubriendo el mundo nuevo de la universidad...

Además, mi familia, era una construcción muy frágil, sostenida a punta de negación y silencio. Estaba sola. Mi Nana era mi único refugio; ella ya no dormía en una habitación como la mía o la de mi hermano, como era en Ciudad Montes, ahora estaba en el cuarto de servicio y yo dejé de pasarme en medio de la noche a su cama como lo hice siempre durante mi infancia. Inicié la construcción de mi reino, aislado, en mi habitación; en mi mente. Jugaba sola, dibujaba y pasaba largos ratos viendo por la ventana. Durante dos años esperé cada noche a mi hermano, acostada en su cama, él llegaba después de las 11, yo lo saludaba y él me cargaba a mi cama... Durante dos años construí, sobre una colina, una muralla de cristal a mi alrededor: que me vean, que crean que estoy aquí, sin sentirme expuesta, sin dejar que se acercaran. Aprendí a observar, a analizar sin implicarme. Era mi manera de estar a salvo.

En noviembre de 1984,  descubrimos que la criatura salvaje que mi madre creía contenida en la costosa jaula había encontrado la manera de escapar para volver a sus andanzas. Un nuevo amorío de mi papá volvió a revolcarnos la existencia. Cumplí 12 años, dos meses y medio después entré al hospital convulsionando...  Y esa es otra historia.

Sólo he perdido una amiga y fue por algo que yo hice y de lo que nunca me atreví a hablar. Tatiana y yo nos hicimos amigas haciendo un mapa de Antioquia para la clase de geografía, estábamos en primero de bachillerato. Ella era una súper deportista, tenía una risa ruidosa y contagiosa, pecas y maravilloso sentido del humor. Fuimos inseparables durante 5 años; luego pasó algo que todavía no termino de comprender: luego de ser un duo por años, llegó otra amiga, Sandra, y fuimos un trio... hasta que Sandra se "cuadró" con mi ex novio y, bueno, Tatiana y Sandra fueron un duo. Cuando entramos a sexto de bachillerato, perdí a mi amiga y navegué ese último año de colegio con amigos circunstanciales, por decirlo de alguna manera. Al final del año, Tatiana iba perdiendo Cálculo, yo era buena en matemáticas, ella me pidió ayuda: nos volvieron a unir 100 ecuaciones...

Muchos años después, yo le conté a otra amiga una situación difícil por la que Tatiana estaba atravesando, rompí nuestro pacto de confidencialidad y ella se enteró en el entierro de mi Nana porque mi otra amiga, sin prevenciones ni mala intención, le preguntó cómo estaba con respecto a aquella situación. No era el momento, supongo, para hacerme un reclamo, aunque sí me preguntó visiblemente molesta por qué había contado algo confidencial. Nunca volvimos a hablar de eso y, poco a poco, la relación fue distanciándose. Hace 4 años que no nos vemos ni siquiera para celebrar los cumpleaños, una práctica que mantuvimos durante más de 15 años de amistad.

Lamento profundamente mi error porque mi amor por ella sigue intacto y la extraño. Aprendí sin duda que mis amigas son un regalo que la vida me ha dado y que es mi misión cuidarlas, cuidar como en inglés "care", porque me importan.  Al escribir esto, siento nostalgia y también creo que puedo hacer algo diferente ahora. No era consciente de cuánto me cuesta pedir perdón.  Aaaaagggg... siento una punzada en el estómago. Pero de esto se trata también este ejercicio confesional.

Las historias para niños solían (eso ha cambiado también) tener definidos con claridad a los buenos y a los malos. Digamos que en la infancia necesitamos esos modelos nítidos, mas cuando crecemos y empezamos a comprender la complejidad de la vida, las distintas capas y los momentos e inquietudes de los personajes, nuestra manera de "juzgar" lo que hacemos y hacen los otros debería moverse de los extremos de "bueno" o "malo" para entrar en esa zona de menor definición y mayor comprensión... Y... no pasa.

Esta mañana, durante mi meditación-oración llegaron a mi mente, mis tres muertos: Jaime Rubio, mi Nana y mi Papá  (Jaime fue mi profesor y mentor durante mi Maestría en Filosofía, luego fue mi amigo y creo que fui su confidente y amiga).  Y quise agradecerles; a Jaime y a mi Nana es fácil darles las gracias, a mi Papá... Bueno, pues me quedé pensando en él y en cómo se volvió el malo de la historia en mi familia, --posición que después ocupé yo, por cierto--.

En 1995 mi papá y yo hicimos un viaje solos, estuvimos en Orlando y Tampa durante una semana y luego estuvimos en México. Durante ese tiempo, lejos de mi mamá, mi hermano, la Nana, la empresa, yo pude conocer a otra persona, a esa persona que era más que mi papá. Me contó historias de su infancia y de su familia, nos reímos como niños en los parques, comimos perros calientes sentados en los andenes... Otra persona, un ser humano que me gustó mucho. Luego volvimos y cada uno retomó su rol y sus funciones dentro del sistema familiar. Pero yo atesoré esos recuerdos, porque yo quería amar a mi papá... En los últimos años de su vida, mi papá dejó de ser el malo de la historia, su rol cambió; también conservo muchos recuerdos de ese último tiempo.

Lo que agradecí hoy a mi papá fue haber ocupado ese rol del malo, porque en todas las historias se necesitan estos personajes y hoy creo que aceptar ese papel es un acto de amor.  Al contar ahora la historia, puedo comprender la complejidad, hoy sé que no hubo ni hay malos ni buenos, pero mientras vivimos como personajes de esa familia, nos juzgamos unos a otros buenos y malos.

Yo pude amar a mi papá, pero no supe cómo relacionarme con él de una forma distinta de la que establecimos desde siempre. Los aprendizajes a veces nos llegan tarde... Mas con su alma me siento en paz, incluso creo que anda por aquí, insistiendo en que siga des-cubriéndolo, en que continúe viendo más allá  del personaje...

El lugar desde el cual cuento mi historia hace toda la diferencia; así como el lugar desde el que hablo en una conversación difícil también hace toda la diferencia.  En este momento de mi vida me siento segura, en paz; amada y conectada conmigo misma, me siento guiada y acompañada por Jesús y sostenida por Dios siempre. Así que cuento mi historia desde el amor, desde la compasión conmigo y con todos los involucrados.

Antes (hasta hace, di tú, un par de meses) no era así, yo buscaba en mi historia evidencia de lo malos que habían sido los otros y también yo.

¿Qué pasó? Viajé con mi mamá a México, estuvimos en el Hostal de la Luz en Tepoztlán durante 6 días y 3 días en el DF.  El viaje en sí mismo fue muy sanador para mi relación con mi mamá y creo que mi disposición a estar con ella de una manera distinta creó el contexto de posibilidad para lo que experimenté en el Hostal. Después de 3 días de terapias y meditación, escuché a Jesús hablándome en mi cabeza. Y esa noche mi cuerpo se movió sin mi control hasta el amanecer; desde ese día, cada vez que cierro los ojos y pienso en las frases iniciales que escuché, entro en ese estado de "desprendimiento del cuerpo" y puedo escucharlo.

Este resumen ejecutivo de la experiencia no da cuenta de ella, claro. Pero no es mi intención explicar algo que no se puede explicar... Lo que hoy veo es cómo cambió mi mirada, cómo cambió "el lugar" desde el que veo mi historia para contarla. También hablo conectada con este nuevo centro, si puedo llamarlo así.

Las palabras pueden ser puñales y también pueden ser lámparas...

Mi hermano se fue de la casa cuando yo tenía 15 años después de una pelea horrible entre él y mi papá, con mi mamá involucrada (años después mi hermano me dijo que ese día él se dio cuenta de que físicamente era más fuerte que mi papá y que si seguía ahí llegaría a pegarle y... era mejor irse).  Cuando mi hermano salió, mi mamá dijo que nos íbamos con él, mi papá cerró con llave la puerta y aquello era sólo gritos y llanto. Entonces yo hablé. Todo el tiempo sólo había llorado, como testigo impotente. Hasta que mi papá dijo algo sobre el respeto que le debíamos. Ese fue el detonante, saqué mis palabras como puñales y sin que la voz me temblara le dije que el respeto se ganaba y él no tenía derecho a reclamar el nuestro; que ni el amor ni el respeto se sentían porque sí... Mi papá se quedó callado, luego dijo que si yo no lo amaba, él ya no tenía razones para vivir, que se iba a pegar un tiro (mi papá tenía un revólver en su mesa de noche). Yo lo miré a los ojos y le dije: "Si te vas a matar, hazlo en el cuarto y evítanos el espectáculo de tu muerte" - sí, esas fueron mis palabras -. Él se fue al cuarto y mi mamá empezó a llorar más duro y a reclamarme por haberle dicho "esas cosas" a mi papá. "Un hombre que le pega a su esposa es un cobarde, mamá, él no se va a matar, no tiene el valor" - eso le dije a mi mamá. Y no se mató. Yo tenía 15 años y mi papá acababa de arrebatarme a mi hermano; el dolor del que salieron mis palabras las convirtió en armas que hirieron a todos. Luego todo volvió a ser "como si nada", salvo que ahora mi hermano no vivía con nosotros. Mi papá y mi mamá empezaron a temerme y su miedo hizo que me convirtieran en la mala de la historia; "insensible" me decía mi mamá a partir de ese momento. Hablar, nombrar... me trajo problemas. Reforcé entonces mi aprendizaje sobre el silencio, sobre callar, disimular, pretender como medio de supervivencia.

Treinta años han pasado... Y hoy sé que puedo hablar desde otro lugar; ya no con la intención de herir, de causar un dolor como el que esté sintiendo... Ni tampoco de culpar.  Hoy elijo hablar para traer luz. Eso es lo que siento cuando escucho a Jesús, sus palabras me ayudan a ver, a comprender; son luz y llenan mi alma de paz, de alegría. Incluso si son duras, difíciles de escuchar, yo sé, yo siento el amor del que vienen.  Eso he sentido al escribir estos días, es muy distinto de las miles de páginas de mis diarios en las que escribía desde el dolor, desde el miedo, desde la rabia y la tristeza y las palabras sólo creaban más sombras, eran como hilos de telaraña en los que me quedaba enredada.

Ese 1988 fue un año crucial en la relación de mis papás, mucho dolor en los dos... Así que la pelea y la ida de mi hermano fueron una erupción que cambió la superficie de la montaña que era nuestra vida, mas la lava seguía bullendo dentro, amenazante. Aquello podría derrumbarse, por eso era necesario callar, no abrir ninguna fisura más; por eso fue necesario callarme. Las palabras pueden derrumbar montañas... Claro, entonces nadie podía pensar siquiera si valía la pena mantener una montaña de mentiras.

Cuando era niña, disfrutaba con extraña intensidad la Navidad. No se trataba de los regalos porque cuando era niña la lista se reducía a un ítem porque el resto eran las cosas útiles (ropa, sobre todo) que el Niño Dios traía para ayudarles a los papás. A mí me gustaba armar el pesebre, con todo y su lago de espejo, río de papel aluminio, musgo seco (práctica poco ecológica, sin duda...), casitas hechas en plastilina y palitos de paleta; también me gustaba rezar el rosario y hacer la novena. Los vecinos tenían también bellos pesebres y diciembre era un mes lleno de encuentros. Yo rezaba y cantaba con alegría, con mucho fervor; podía pronunciar las palabras impronunciables de los villancicos ("Emmanuel preclaro, pastor del rebaño...") y sentía que Jesús estaba allí, escuchando, presente y feliz.

Y luego, cuando comenzaron los secretos, comenzó mi miedo a Dios. No sólo lo que yo comencé a callar, a ocultar, sino mi conciencia sobre los secretos de los demás en mi familia. Las primeras cosas que callé fueron mi confusión, mi tristeza. Yo era "la niña juiciosa, buena y bonita", y pegadita a esos atributos estaba una obligación implícita: "Debes estar bien y ser feliz".  Todo lo que fuera en contra de "juiciosa, buena, bonita, bien y feliz" empecé a ocultarlo.  Cuando tenía 9 años mis papás tuvieron una pelea y mi papá se fue a quedar a la casa de mi abuela materna (una de las razones de mi confusión). Mi papá se había enredado con una vecina -eso es lo que recuerdo- y mi mamá le dijo que se fuera de la casa. Es la primera gran pelea de la que tengo memoria. Pero yo no entendía cómo mi abuela dejaba que mi papá se quedara con ella si él le había sido infiel a su hija... Mi hermano intercedió para que él volviera, eso tampoco era lógico para mí porque mi papá era "el malo de la historia", era infiel, le pegaba a mi hermano, gritaba... ¿Por qué lo querían de regreso? Yo no entendía.

Yo creía que si mi papá se iba, todos los problemas de la familia se arreglarían, entonces ese era mi deseo, que se fuera... Pero no podía decirlo y menos cuando parecía ser la única que lo deseaba; sentía rabia, con mi papá, claro, pero también con mi hermano y con mi mamá.  Cuando mi papá regresó a la casa y volvimos a vivir "como si nada", yo me sentí mala, sentí que mi deseo, mi rabia y hasta mi confusión eran malas.  Sentí vergüenza y también me supe distinta de los demás en mi familia; callé y me aislé, jugué el juego de "aquí no pasa nada".  La siguiente Navidad ya no canté ni recé con alegría; ya no quería estar en presencia de Jesús, porque yo era mala, yo era diferente. Yo sabía que Dios podía verme y pensé que si yo me alejaba, Él no podría verme; aunque en mi vergüenza estaba la certeza de que Él ya no me quería...  Tuve miedo y decidí alejarme primero.

Es 22 de septiembre, estoy a 2 meses de cumplir 45 años. En las últimas semanas los dolores articulares se agudizaron y volví a pasar muy malas noches, sin poderme acomodar y sintiéndome mal por sentir dolor, por estar enferma. El lunes 18 comencé mi proyecto de sanación a través de 2 caminos: el cambio radical en la dieta y escribir mi confesión.

¿Por qué ahora? 
En agosto de 2015 supe que tenía una enfermedad auto-inmune llamada Síndrome de Sjogren, que afecta las glándulas que producen humedad en el cuerpo. Los síntomas (resequedad permanente en la garganta, dolor articular, cansancio, ojos resecos, etc.) comenzaron en el 2013, pero yo no veía relación entre ellos y por eso no les presté mucha atención. Durante el 2015 viví mi formación con Integrative Shadow Coach, un proceso intenso y profundo que cambió radicalmente mi vida; en julio de ese año viajé a Washington para una parte del entrenamiento y tuve la fortuna de conocer a una pareja maravillosa que me recibió en su casa un par de días, James y Christopher. Mis experiencias de esa semana fueron intensas, mas hubo 2 sensaciones que se quedaron conmigo: lo primero fue no sentir miedo. Al comienzo pensé que se trataba sólo de la seguridad de la ciudad, que en Bogotá es tan escasa, pero después comprendí que se trataba de poder estar tranquila conmigo misma, no sentía miedo de ser yo. La segunda experiencia fue la de estar en compañía de estos dos hombres que se amaban con infinita ternura y mutuo cuidado, en su casa habitaban la belleza y la autenticidad; en la tarde, bajo un precioso árbol, mientras tomábamos una copa de vino y fumábamos unos cigarros fuertes, Christopher me contó que estaba escribiendo su tercer libro y que andaba muy atorado con él porque se trataba de su propia historia; que no era fácil escribir de sí mismo; también me contó de su Lupus, otra enfermedad auto-inmune.  Era la primera vez que oía de las auto-inmunes, era la primera vez que escuchaba a alguien hablar de su dificultad para contar su historia y sin saber por qué, relacioné estos dos hechos como caras de la misma moneda. Cuando volví a Bogotá, fui al médico y me hicieron la pruebas que revelaron mi enfermedad; entonces supe que tendría que contar mi historia y que no sería fácil.

En junio de este año, hace 3 meses, encontraron cáncer en el hígado de mi mamá. Ese diagnóstico puso de nuevo frente a mí la enfermedad como camino. Mi mamá ha sido mi espejo en muchos aspectos, su vida me ha ayudado a ver cosas de la mía, a verme también; el dolor y el sufrimiento han sido constitutivos en su vida. Yo no quiero vivir así; la enfermedad puede ser un camino que nos desconecte o un camino que nos traiga de regreso, que nos permita encontrarnos de nuevo. Mi madre ha elegido la primera opción; yo elijo la segunda.

Y mi manera de usar la enfermedad como camino de regreso a casa es contando mi historia, diciendo mi verdad. Mi doctora me dijo la semana pasada: "Mientras sigas negando partes de ti, dividida, seguirás enferma, porque el miedo que genera el secreto consume tu energía, te seca (lo que hace el Sjogren...)".

Entonces comencé la dieta y la escritura; pero me di cuenta de que el propósito real de escribir no era hacer un libro, sino contar mi historia a otros, aceptar toooodoooo lo que soy, integrar esas partes de mí que he mantenido en la sombra, para dejar de vivir en el miedo, para dejar de consumirme y secarme. Por eso decidí escribir este blog-diario de mi camino de regreso a mí misma, a los otros y a Dios a través de mi proceso de restablecer mi salud y de hacer mi confesión.

Confesión
Mi tesis de grado de la Maestría en Filosofía se tituló: Confesión: género literario y método de configuración del sujeto. No imaginé entonces que 15 años después estaría escribiendo mi confesión en un formato público!  El relato confesional busca unir los puntos de la historia para encontrarle sentido; es un proceso de integración que conduce a la recuperación del poder/responsabilidad sobre la propia vida y a la autonomía (nombrarse a uno mismo).

Hoy sé que esto es exactamente lo que vine a hacer en esta vida: a recuperarme. Quizás también a servir de espejo a otros, no sé y en este momento no me importa. Durante el tiempo que tome volver a mí, yo seré mi centro de atención (escribo esto con dificultad, mi tendencia natural es a ir hacia fuera, hacia los otros; no sólo para pensar en lo que quieren, esperan, necesitan y buscar complacerlos, sino también para proyectar sobre ellos mi culpa, mi rabia: mi miedo). Mas este también es el propósito de volver a mí: mi responsabilidad, mi poder...

Fumar
El domingo 17 de septiembre fumé mi último cigarrillo; mi intención y el compromiso conmigo es no volver a fumar.  Pero he fumado a escondidas desde que me casé con Camilo.  Él odia el cigarrillo y desprecia a los que fuman; cuando éramos amigos, él sabía que yo fumaba y yo sabía que le molestaba, así que dejé de hacerlo cuando estaba con él y me lavaba y perfumaba para que no se notara. Siempre tenía miedo de que se diera cuenta, me sentía culpable y por eso evitaba acercarme mucho si había fumado, así es como los secretos nos separan de otros. En realidad yo no fumaba más de dos o tres cigarrillos, especialmente en la universidad, cuando tomábamos tinto después de almuerzo o nos sentábamos a conversar sobre algo interesante; en "mi mundo", lejos de Camilo, fumar era una actividad que yo disfrutaba y que me acercaba a otras personas. Dividida.

Durante largos periodos dejé de fumar; no me resultaba difícil. Sin embargo, cuando entraba en alguna crisis emocional de la que no podía hablar con nadie, menos con él, volvía a fumar y en esos momentos el cigarrillo se volvía mi compañía en la soledad. Ya no era tan placentero y el miedo a ser descubierta y despreciada era más grande. Cuando quedé embarazada dejé de hacerlo sin ningún problema y volví a fumar el día que decidí separarme de Camilo; de eso hace ya casi dos años. Pero seguí fumando a escondidas, de mi hijo ahora y de los demás también.  Fumaba sola y en secreto, uno o dos cigarrillos de vez en cuando. Hasta hace 5 días.

El secreto, el silencio, el miedo, la separación: contar para sanar.  Hoy, 22 de septiembre de 2017, comienzo esta aventura.

Estoy pensando en el poder de las palabras. Ayer vi una hermosa película, Palabras e imágenes, en la que un escritor y una artista se encontraban dando clases en un colegio y se creaba un intenso debate sobre qué lenguaje era más poderoso, el verbal o el visual... (Claro, había un igualmente intenso proceso de estos dos personajes por ponerse en paz con la vida que tenían, pero eso sería tema de otro blog).

Los dos son muy, muy poderosos tanto para crear belleza, bondad y verdad, como para destruir, reducir, dañar.  Hoy quiero habitar en la reflexión sobre el poder destructivo.

"Deja de juzgar": esta instrucción está presente en todas las prácticas religiosas y espirituales. Siempre llegamos allí: necesitamos dejar de juzgar.

¿POR QUÉ?

La habilidad de juzgar nos permite tomar decisiones, así que parece necesaria para vivir; desde la mejor ruta para llegar al trabajo hasta qué alimentos tomamos o cuál es la mejor manera de invertir nuestro dinero... Estos juicios son necesarios y si fortalecemos nuestra habilidad de juzgar con fundamento, sin duda tomaremos mejores decisiones. No creo que la instrucción "Deja de juzgar" se refiera a este tipo de juicios... 

Creo que se refiere a los juicios que hacemos de nosotros mismos, de los otros, de las experiencias o circunstancias con la intención de silenciar, ocultar, disimular, evadir nuestro miedo. 

En Un curso en milagros sólo se habla de 2 emociones: el amor y el miedo. Del miedo se derivan la rabia, la tristeza, la impotencia, la incertidumbre, la desconfianza... Y no sabemos hablar de nuestro miedo, nos avergüenza.  ¿De dónde surge la vergüenza de sentir miedo? Creo que la respuesta tendría que considerar múltiples caras, así que elijo una, sólo una ahora. 

Dos modelos: el caballero y la dama. Modelos de heroísmo para hombres y mujeres que se fundan en la valentía y la perfección, respectivamente. Tanto en la idea de valentía como en la de perfección, el objetivo es que no se note el miedo: los hombres actúan como si no lo sintieran y así controlan a sus enemigos y las circunstancias; las mujeres actúan como si no lo sintieran y así controlan su apariencia y las circunstancias. 

Y como el miedo debe ocultarse, disimularse, silenciarse o evadirse lo que hacemos, entre muchas otras cosas, es juzgar: juzgarnos, juzgar a otros y juzgar la vida. Estos juicios quieren reducirlo todo, volver la compleja realidad algo manejable, algo que podamos controlar. 

Entonces cuando digo de mí: "soy muy indisciplinada", lo hago para ocultar el miedo que siento por no lograr terminar ese proyecto y que las personas con quienes trabajo me hagan reclamos y yo me sienta culpable... Puedo decir también: "es que fulanita es incompetente" o "este trabajo es inútil".... o cualquier otro juicio que me ayude a ocultar mi miedo y a reducir la complejidad de la situación a un tamaño que yo pueda controlar. 

Cuando se trata de los juicios sobre otras personas, silenciar los propios miedos y no querer reconocer los miedos que pueden mover al otro es mi objetivo principal. Cualquier cosa antes que entrar en una conversación profunda sobre lo que nos pasa, cualquier cosa antes que admitir nuestra vulnerabilidad frente a nosotros mismos o frente a otros.  

¿CÓMO?

Darme permiso para aceptar mis miedos ha sido una de las acciones más poderosas y sanadoras que he aprendido en los últimos tiempos.  Te invito a hacer el ejercicio. Date cuenta de si disminuye tu necesidad de emitir juicios después de darte permiso de aceptar tus miedos.

Ahora es tu turno, recuerda que no hay aprendizaje sin acción:

  1.  Identifica una situación que te esté quitando la paz, en cualquier dominio de tu vida.
  2.  Escribe lo que piensas de la situación, de los involucrados, incluso de ti misma/o.
  3.  Escribe en un post-it: "Permiso para: aceptar mis miedos."  Y pégalo frente a ti. 
  4.  Respira profundamente tres veces leyendo el permiso que acabas de darte.
  5.  Escribe cuáles son tus temores, todos ellos, incluso los que te parezcan exagerados o ridículos. Escríbelos todos...
  6. Pide guía sobre tus acciones siguientes para recuperar tu paz en esa situación.

Después de hacer este ejercicio, observa si tu necesidad de juzgar disminuye... Yo creo que lo hará.

Un abrazo enorme,
Carolina.

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