Mi miedo a Dios

Carolina Alonso C.

Cuando era niña, disfrutaba con extraña intensidad la Navidad. No se trataba de los regalos porque cuando era niña la lista se reducía a un ítem porque el resto eran las cosas útiles (ropa, sobre todo) que el Niño Dios traía para ayudarles a los papás. A mí me gustaba armar el pesebre, con todo y su lago de espejo, río de papel aluminio, musgo seco (práctica poco ecológica, sin duda...), casitas hechas en plastilina y palitos de paleta; también me gustaba rezar el rosario y hacer la novena. Los vecinos tenían también bellos pesebres y diciembre era un mes lleno de encuentros. Yo rezaba y cantaba con alegría, con mucho fervor; podía pronunciar las palabras impronunciables de los villancicos ("Emmanuel preclaro, pastor del rebaño...") y sentía que Jesús estaba allí, escuchando, presente y feliz.

Y luego, cuando comenzaron los secretos, comenzó mi miedo a Dios. No sólo lo que yo comencé a callar, a ocultar, sino mi conciencia sobre los secretos de los demás en mi familia. Las primeras cosas que callé fueron mi confusión, mi tristeza. Yo era "la niña juiciosa, buena y bonita", y pegadita a esos atributos estaba una obligación implícita: "Debes estar bien y ser feliz".  Todo lo que fuera en contra de "juiciosa, buena, bonita, bien y feliz" empecé a ocultarlo.  Cuando tenía 9 años mis papás tuvieron una pelea y mi papá se fue a quedar a la casa de mi abuela materna (una de las razones de mi confusión). Mi papá se había enredado con una vecina -eso es lo que recuerdo- y mi mamá le dijo que se fuera de la casa. Es la primera gran pelea de la que tengo memoria. Pero yo no entendía cómo mi abuela dejaba que mi papá se quedara con ella si él le había sido infiel a su hija... Mi hermano intercedió para que él volviera, eso tampoco era lógico para mí porque mi papá era "el malo de la historia", era infiel, le pegaba a mi hermano, gritaba... ¿Por qué lo querían de regreso? Yo no entendía.

Yo creía que si mi papá se iba, todos los problemas de la familia se arreglarían, entonces ese era mi deseo, que se fuera... Pero no podía decirlo y menos cuando parecía ser la única que lo deseaba; sentía rabia, con mi papá, claro, pero también con mi hermano y con mi mamá.  Cuando mi papá regresó a la casa y volvimos a vivir "como si nada", yo me sentí mala, sentí que mi deseo, mi rabia y hasta mi confusión eran malas.  Sentí vergüenza y también me supe distinta de los demás en mi familia; callé y me aislé, jugué el juego de "aquí no pasa nada".  La siguiente Navidad ya no canté ni recé con alegría; ya no quería estar en presencia de Jesús, porque yo era mala, yo era diferente. Yo sabía que Dios podía verme y pensé que si yo me alejaba, Él no podría verme; aunque en mi vergüenza estaba la certeza de que Él ya no me quería...  Tuve miedo y decidí alejarme primero.

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