Ayer, en una sesión muy amorosa de constelaciones con sistémica, vi con claridad el origen de dos de mis creencias falsas fundamentales: estoy sola y no pertenezco.  En la disposición de mi sistema familiar, yo estoy arriba, como una observadora que, aunque está ahí, no se permite ser parte. Más mente que corazón, temiendo ser castigada por lo que veo y que otros no ven, temiendo ser causa de dolor para los otros.

Me imaginé a Peter Parker, el hombre araña, que elige separarse de los que ama y ocultarles sus poderes para que nadie les haga daño, también para evitar tener una debilidad que lo lleve a ceder en su misión por salvar a su amada o a su tía.  Amar es ser vulnerable; pertenecer implica renunciar a tus poderes: esas fueron las lecciones que heredé y he organizado mi vida para ratificarlas. Y el anhelo inmenso por pertenecer, amar y ser amada está en la raíz de la tristeza que ha brillado en mis ojos desde siempre.

En noviembre de 1982 cumplí 10 años, nos mudamos de Ciudad Montes a El Nogal (del estrato 3 al 6…) entré a bachillerato y mi hermano entró en la universidad. Varias implicaciones: por un lado, la urgencia de salir del barrio se originó en esa aventura de mi papá con la vecina… así que esa mudanza fue como una huida. En Ciudad Montes mi papá tenía un reino, pertenecía a la Defensa Civil y manejaba el territorio, el Sur de la ciudad era su mundo. Al sacarlo de allí, contra su voluntad, claro, pusimos a una criatura salvaje en una costosa jaula,  su rabia creció contenida…

Yo dejé mi vida de barrio, los juegos en la cuadra, el parque enorme que era como el patio de mi casa; llegué a una zona donde no había niños en la calle, las empleadas domésticas tenían uniformes, en la panadería no vendían lenguas azucaradas y los vecinos no se conocían entre sí.  Yo no pertenecía a ese barrio, mi familia no pertenecía a ese lugar. Comencé a sentir vergüenza de lo que éramos. Mi mamá cantaba duro en la misa y eso me avergonzaba, mi papá no sabía tutear y le dio por hacerlo, yo no hablaba inglés ni estaba en un colegio del Norte…  No sé cómo habrá sido para mi mamá ni para mi hermano; creo que sus mundos estaban lejos, el mundo de mi mamá era la empresa donde reinaba y florecía, y mi hermano estaba descubriendo el mundo nuevo de la universidad…

Además, mi familia, era una construcción muy frágil, sostenida a punta de negación y silencio. Estaba sola. Mi Nana era mi único refugio; ella ya no dormía en una habitación como la mía o la de mi hermano, como era en Ciudad Montes, ahora estaba en el cuarto de servicio y yo dejé de pasarme en medio de la noche a su cama como lo hice siempre durante mi infancia. Inicié la construcción de mi reino, aislado, en mi habitación; en mi mente. Jugaba sola, dibujaba y pasaba largos ratos viendo por la ventana. Durante dos años esperé cada noche a mi hermano, acostada en su cama, él llegaba después de las 11, yo lo saludaba y él me cargaba a mi cama… Durante dos años construí, sobre una colina, una muralla de cristal a mi alrededor: que me vean, que crean que estoy aquí, sin sentirme expuesta, sin dejar que se acercaran. Aprendí a observar, a analizar sin implicarme. Era mi manera de estar a salvo.

En noviembre de 1984,  descubrimos que la criatura salvaje que mi madre creía contenida en la costosa jaula había encontrado la manera de escapar para volver a sus andanzas. Un nuevo amorío de mi papá volvió a revolcarnos la existencia. Cumplí 12 años, dos meses y medio después entré al hospital convulsionando…  Y esa es otra historia.

Pertenecer

por | Sep 29, 2017 | Contar & sanar | 0 Comentarios