Ok. Hace unos 4 años fui con mi mamá a una sesión de sanación con una mujer muy especial que tiene comunicación con, llamémoslos así, «fuerzas de luz».  Después de la sesión en la camilla, comenzó a conversar con mi mamá mientras yo escuchaba. Le dijo que vino a esta vida a aprender a disfrutar… «Uuuuuyyyyyy –pensé–, creo que tendrá que repetir el curso.»

Claro, siempre ha sido más fácil ver en ella «lo que falta»… Ahora que elegí usar al mundo como un espejo y no como una pantalla, puedo verme en mi mamá y me doy cuenta de que en este «logro» de disfrutar, también voy como quedada.

El disfrute es un don del cuerpo y yo dejé de vivir en mi cuerpo a los 10 años, cuando nos mudamos. El cuerpo se convirtió en un territorio doloroso por la soledad y por la falta de ternura. Más adelante, también fue lugar de culpa y objeto de mi rechazo.  Por eso lo abandoné y me quedé en mi mente.

Además de disfrutar de los juegos en la «cuadra» y en el parque, de pasármela con las manos sucias y las rodillas raspadas, de comer sin preocuparme, dichosa, durante esa infancia con cuerpo no tuve reparos en explorar con curiosidad y placer no sólo mi cuerpo, sino el de una de mis mejores amigas de esos años. Recuerdo las tardes lluviosas en las que debíamos jugar en la casa, sobre todo en la suya. Entonces nos tocábamos, nos acariciábamos con el deseo de sentir las cosquillas de placer, los corrientazos que nos enderezaban la espalda: era un juego sensual intenso e inocente, durante el cual mi cuerpo se conocía a través de las manos de mi amiga y también se reconocía en ese cuerpo-espejo que no siempre reaccionaba igual. Jugábamos con la puerta con llave y a medio vestir, con esta sensación de que lo que hacíamos sin malicia ni perversidad podría ensuciarse si otros lo descubrían.  Así que el disfrute de la piel y las caricias perteneció desde siempre a la zona de los secretos, era parte de «lo innombrable».  Mas no descubro en mí rastros de vergüenza o culpa asociada a mis encuentros con ella.

Un par de años después, cuando comenzó esta soledad, a los 11, anhelando tal vez el reencuentro con mi cuerpo, invité a una prima a bajar al depósito y le propuse el juego de las caricias y la piel. Ella se dejó hacer sin mayores demostraciones de placer y cuando «era mi turno», no sólo no quiso jugar, sino que me miró con desprecio, salió y nunca más volvió a jugar conmigo a nada. Dos o tres meses después se mudó a EEUU con su familia.  Entonces sí sentí vergüenza por ser rara y estar dañada de alguna manera; sentí culpa por mi deseo de sentir placer. Así el secreto dejó de ser un recurso para proteger algo bello, y se convirtió en un imperativo para ocultar mi vergüenza y mi culpa. Y decidí silenciar también los deseos de mi cuerpo; ignorarlos.

El efecto de esta desconexión y del silencio no sólo afectó mi sensibilidad asociada a las caricias sensuales y sexuales, sino mi habilidad para el disfrute en general. Me cuesta escuchar a mi cuerpo deseante y, aun más, darle permiso para satisfacerse.  Huyo a mi mente, tanto para distraerme como para provocar el placer: las fantasías han sido por años mi refugio y la fuente de satisfacción.  No la piel, no las terminaciones nerviosas, ni los olores, ni los sonidos, ni los sabores. Estos dos últimos años, desde cuando mi cuerpo se me impuso a través del dolor y de la enfermedad, he emprendido una aventura de reencuentro de mi cuerpo, de mi desear, de mi sensibilidad. Estoy re-aprendiendo a disfrutar… espero no limitarme a «pasar», sino graduarme con honores en esta asignatura!!

Disfrutar a través de la piel

por | Oct 3, 2017 | Contar & sanar | 0 Comentarios