De regreso en la arena

Ok, aquí estoy. Han pasado 6 meses... Las razones del mundo exterior son las que me he repetido varias veces para explicarme por qué no volví a contar para sanar... Pero esas no son las verdaderas razones.  En mi mundo interior, ese que comencé a poner fuera a través de los relatos de fragmentos de […]

Ok, aquí estoy. Han pasado 6 meses... Las razones del mundo exterior son las que me he repetido varias veces para explicarme por qué no volví a contar para sanar... Pero esas no son las verdaderas razones.  En mi mundo interior, ese que comencé a poner fuera a través de los relatos de fragmentos de mi historia, es de donde despertaron con fuerza los miedos que una vez más me llevaron al silencio.

Ahora mismo siento mi corazón palpitar aceleradamente, mis manos tiemblan ligeramente y la garganta se cierra. Quizás esto suene exagerado, pero así es como lo estoy experimentando. Me siento arrastrada al paredón. Lo escribo porque es mi manera de conjurar este miedo. Lo escribo para convencerme de que soy más fuerte.

¿Qué pasó y qué me pasó hace 6 meses? Escribí sobre un error que cometí que llevó al distanciamiento de una persona importante para mí. Lo que escribí amenazó otra relación importante para mí. Hoy sé que está a salvo; sin embargo, esa parte mía que aprendió a callar para no hacerle daño a otros y preservar la apariencia de "todo está bien" comenzó a gritar con todas sus fuerzas, así que volví a callar... porque me sentía inmensamente vulnerable en medio de las decisiones y los cambios que estaba asumiendo en ese mismo momento.

Hasta que pasó lo que me ha pasado muchas veces antes en la vida cuando me sometí al mandato del silencio: enfermé. A comienzos de febrero mi espalda empezó a doler y yo pretendí que no pasaba nada... hasta que no me pude levantar del dolor.  Las manos y el alma sabias de mi terapeuta hicieron salir de su escondite al miedo. El miedo a decir, a nombrar, a contar y sentirme responsable por el sufrimiento de otros.

En realidad lo que pasó fue sólo el detonante que me llevó (hoy puedo decir que "afortunadamente") a ponerme en contacto con esta parte mía que calla por temor a perder, a dañar, a entrar en conflicto... Que también está cansada de estar en silencio, de ocultarse.

Hoy no puedo estar 100% segura de que contar me sane, pero sí estoy 100% segura de que callar me enferma.  Así que vuelvo a contar...

"De regreso en la arena", el título de esta entrada, se refiere al coraje que se requiere para estar en el ruedo, coraje que no tienen quienes se quedan en la seguridad de las graderías criticando a quienes están expuestos en la arena.

En este encuentro con mi parte asustada, también he descubierto el coraje (la otra cara) que he tenido desde que era niña para preguntar por lo que nadie se atrevía a preguntar, por nombrar algunas cosas que eran evidentes para mí pero que los otros no querían o no podían ver y mucho menos nombrar por el temor inmenso a que las frágiles estructuras que sostenían nuestra vida (la vida tal como la conocíamos, que no precisamente la vida que deseábamos) se derrumbaran y dejaran expuestas "todas nuestras miserias" -como reza la oración que inicia la novena navideña-.

Cuánto esfuerzo para mantener oculto el dolor, la rabia, el miedo, la tristeza y las acciones que los generaban: la infidelidad, los juegos de poder, los ataques de nervios y la pérdida de la cordura, los orígenes vergonzosos, el maltrato físico... ¿Cómo habría sido la historia si hubiéramos usado ese mismo esfuerzo para ver, comprender y sanar?

Claro, los patrones hacen lo que están diseñados para hacer: mandar!! Así que aprendí a obedecer los mandatos de silencio, de no cuestionar, incluso de no ver y no sentir... Ojos que no ven, corazón que no siente... Aunque, en mi caso, se trató de ocultar lo que veía, así que mi corazón sí sentía y guardaba silencio... A los 12 años: encefalitis viral, 13 días en coma... Mmmmmmmm... Y a partir de ese momento, mi cuerpo empezó a... contar. "Curiosamente" al año y medio de la encefalitis, mi madre comenzó su doloroso camino a través de la enfermedad. Así que llevo 33 años de formación en esta relación entre el silencio y la enfermedad a través de mi experiencia y de la experiencia de mi madre. Ella ha sido mi maestra, su historia y la mía se trenzan de tal forma que hoy estoy segura de que mi labor de contar también la sanará a ella. "Sanar" es diferente de "curar"; no creo que el cuerpo de mi mamá se cure, sí creo que su alma puede sanar.

Así que contaré mi historia. Mi historia no es la "verdad", es mi historia, en ella se mezclan las historias de otros como yo las viví. Esta distinción me parece importante: yo no puedo contar la vida de otros, pero sí puedo contar las formas como sus vidas y la mía se encontraron y cómo yo percibí ese encuentro. Hace poco escuché a una escritora norteamericana, diciendo que ella no tenía derecho a hablar del abuso sexual que vivió su hermano (esa era la historia de él), pero que ella sí podía contar lo que le pasaba a ella, que esperaba fuera del cuarto de su hermano... De la puerta para allá era de su hermano, de la puerta para acá era su historia.

Voy a poner mi energía en ver, comprender y sanar... a ver qué pasa.

La formadora de mi entrenamiento como Integrative Shadow Coach, Kelley Kosow, lanzó ayer su libro "The Integrity Advantage"... Y ayer mismo comencé a leer.

En el primer párrafo presenta lo que ella ve como la causa que la crisis general en la que estamos: la falta de confianza. No confiamos en los familiares, ni en los amigos o compañeros de trabajo, menos en las instituciones ni en los sistemas... ¿Por qué? Porque no confiamos en nosotros mismos. Esto afirma Kosow y yo creo que tiene razón.  Ahora, ¿por qué no confiamos en nosotros? Pues porque muchas veces hemos actuado desconectados del guía interno que sabe lo que está bien para nosotros (y sí en verdad está bien para nosotros, pues lo estará para los demás, aunque no les guste... eso es otra cosa).

Así que me quedé pensando en mi integridad, en qué tanto escucho y confío en la Voz del Espíritu en mí. Ok. Creo que he ido mejorando, aún hay ciertos momentos en los que me hago la de oídos sordos y luego estoy intranquila, me despierto a las 2 de la mañana, no como bien... Los síntomas claros de mi falta de integridad. Ahora mismo me está pasando y tiene que ver con una conversación pendiente con alguien que trabajó para mí y no quedé conforme con su trabajo y menos aún con tener que pagarle sin saber bien qué era lo que pagaba... En fin, por no decir lo que tenía que decir en su momento, un par de meses después estoy en estas.

Anoche hablaba con R. sobre esto y, en medio de un suspiro compartido, lamentamos no haber escuchado los claros mensajes en algunos momentos clave de nuestras historias. En 1998, en octubre, yo comencé mi noviazgo con Camilo. El 7 de diciembre de ese mismo año le terminé. ¿La razón? Yo le había dado un manuscrito de mi libro de cuentos 3 días antes y él lo dejó en el asiento trasero del carro... donde lo encontré sin tocar. Mi dolor provenía de su falta de curiosidad por mí; sentí que no le interesaba conocerme a mí... yo era interesante en tanto que su novia, por mi función.  Después de explicaciones y promesas, decidimos continuar.  16 años después, esa fue en esencia la razón por la cual me divorcié... Y yo supe entonces. También lo supe cuando regresaba de Monterrey, luego de pasar 1 mes viviendo con él allí. No paré de llorar en todo el vuelo por una indescriptible sensación de soledad, por el miedo que me produjo su silencio agresivo y por su desconexión... Mmmmmm... mismas razones ampliadas por 16 años de repeticiones en distintos grados de intensidad.

En fin... quiero hacer de mi integridad mi principal valor, mi radar para moverme por la vida.
Un beso.

Antes de comenzar a escribir estas entradas, dada mi intención de usar la escritura como una forma de comprender y aceptar mi propia historia, no tengo claro sobre qué voy a escribir, así que pregunto. Le pregunto a Jesús dónde necesito poner mi atención, dónde necesita Él que ponga mi atención.  Hoy me dijo: "Hágase en mí y a través mío Tu Voluntad".  Mmmmmm... ¿?

Esto fue el jueves a las 8:00am, pasé la mañana entera dando vueltas como leona enjaulada por la idea, evitando entrar en esto de "someterme a la voluntad de Dios".  Siento cómo se me cierra la garganta y aparecen estas ganas de llorar. No entiendo bien por qué (Es sábado... llevo dos días en resistencia).

Crecí pensando que al decir "la voluntad de Dios" estábamos hablando de todas las cosas horribles que nos pasan y que no entendemos. Así que la voluntad divina parecía llena de maldad, fruto de una imaginación perversa y cruel. La voluntad de Dios exigía nuestro sufrimiento, nuestro sacrificio, porque se trataba de demostrar obediencia para recibir su "favor".

Hace muchos años escribí un cuento titulado "Sara", en el que narro la historia del mandato que Dios hizo a Abraham de sacrificar a su hijo Isaac desde la perspectiva de Sara, la madre imposible y milagrosa. Esa historia nos habla de un Dios que nos pone a prueba, de un Dios que parece desear el sufrimiento que generan en nosotros los sacrificios que exige.

Supongo que eso de escuchar durante años y años a mi mamá decir que no se separaba de mi papá por nosotros... que yo era desagradecida porque no valoraba todo lo que ella había sacrificado por mí y por mi hermano... terminó grabando con fuego en mi alma la idea de que el Amor exige sacrificio, que el sacrificio es lo que hace que Dios nos ame.

Así que obediencia y sacrificio, ok. Yo compré la idea del sacrificio. Me podía abandonar fácilmente en los altares del "bienestar del otro", de su "favor": "Tú siempre contento, yo te amo, te amo...", dice una canción que cantaba Yuri en los 80... Aunque racionalmente yo criticara la idea, me pareciera estúpida, pues... eso ya estaba inyectado en mi sistema.  Estoy aprendiendo a amar de otra manera porque veo con toda claridad que el sacrificio por amor sólo me ha traído resentimiento.

Ahora bien, es cuando pienso en la "obediencia" cuando se cierra mi garganta y me dan ganas de llorar. Yo no he sido obediente a mis padres... y creo que sí he sido obediente a Dios. En varios momentos de mi vida, hacer la Voluntad de Dios ha implicado desobedecer a mis padres, "desilusionarlos". Y cuando le he dado largas a hacer Su Voluntad ha sido por el miedo a "ser una desilusión" para otros.

La encrucijada va más o menos así: desobedezco a mis padres (u otras figuras a quienes he dado autoridad para decir si soy "buena o mala") y siento que pierdo su amor y no me siento tan segura de que Dios me ame porque creo que yo le causo daño a otros.  Desobedezco a Dios y siento que pierdo no sólo Su Amor, sino el mío; porque hacer la voluntad de Dios es actuar de acuerdo con Mi Verdadera Voluntad y tampoco estoy muy segura de que los demás me amen a mí, a la verdadera Yo, porque esa deja de existir para convertirse en esas versiones de mí misma fabricadas para tener a todos felices.

Entonces la pregunta que se me atora en la garganta y me da ganas de llorar es esa pregunta inútil... ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué no pude estar rodeada de personas capaces de amarme incondicionalmente, de enseñarme una versión de Dios distinta?  Claro, podría decir ahora que ya pasé a la pregunta del "para qué" en lugar del "por qué", mas me doy cuenta de que nos es así; todavía me duele una vida partida en dos, una vida de sacrificios por amor. Y ya no puedo negar más la rabia, el resentimiento... con Dios.

Por ahora no puedo escribir más.

Ok. Hace unos 4 años fui con mi mamá a una sesión de sanación con una mujer muy especial que tiene comunicación con, llamémoslos así, "fuerzas de luz".  Después de la sesión en la camilla, comenzó a conversar con mi mamá mientras yo escuchaba. Le dijo que vino a esta vida a aprender a disfrutar... "Uuuuuyyyyyy --pensé--, creo que tendrá que repetir el curso."

Claro, siempre ha sido más fácil ver en ella "lo que falta"... Ahora que elegí usar al mundo como un espejo y no como una pantalla, puedo verme en mi mamá y me doy cuenta de que en este "logro" de disfrutar, también voy como quedada.

El disfrute es un don del cuerpo y yo dejé de vivir en mi cuerpo a los 10 años, cuando nos mudamos. El cuerpo se convirtió en un territorio doloroso por la soledad y por la falta de ternura. Más adelante, también fue lugar de culpa y objeto de mi rechazo.  Por eso lo abandoné y me quedé en mi mente.

Además de disfrutar de los juegos en la "cuadra" y en el parque, de pasármela con las manos sucias y las rodillas raspadas, de comer sin preocuparme, dichosa, durante esa infancia con cuerpo no tuve reparos en explorar con curiosidad y placer no sólo mi cuerpo, sino el de una de mis mejores amigas de esos años. Recuerdo las tardes lluviosas en las que debíamos jugar en la casa, sobre todo en la suya. Entonces nos tocábamos, nos acariciábamos con el deseo de sentir las cosquillas de placer, los corrientazos que nos enderezaban la espalda: era un juego sensual intenso e inocente, durante el cual mi cuerpo se conocía a través de las manos de mi amiga y también se reconocía en ese cuerpo-espejo que no siempre reaccionaba igual. Jugábamos con la puerta con llave y a medio vestir, con esta sensación de que lo que hacíamos sin malicia ni perversidad podría ensuciarse si otros lo descubrían.  Así que el disfrute de la piel y las caricias perteneció desde siempre a la zona de los secretos, era parte de "lo innombrable".  Mas no descubro en mí rastros de vergüenza o culpa asociada a mis encuentros con ella.

Un par de años después, cuando comenzó esta soledad, a los 11, anhelando tal vez el reencuentro con mi cuerpo, invité a una prima a bajar al depósito y le propuse el juego de las caricias y la piel. Ella se dejó hacer sin mayores demostraciones de placer y cuando "era mi turno", no sólo no quiso jugar, sino que me miró con desprecio, salió y nunca más volvió a jugar conmigo a nada. Dos o tres meses después se mudó a EEUU con su familia.  Entonces sí sentí vergüenza por ser rara y estar dañada de alguna manera; sentí culpa por mi deseo de sentir placer. Así el secreto dejó de ser un recurso para proteger algo bello, y se convirtió en un imperativo para ocultar mi vergüenza y mi culpa. Y decidí silenciar también los deseos de mi cuerpo; ignorarlos.

El efecto de esta desconexión y del silencio no sólo afectó mi sensibilidad asociada a las caricias sensuales y sexuales, sino mi habilidad para el disfrute en general. Me cuesta escuchar a mi cuerpo deseante y, aun más, darle permiso para satisfacerse.  Huyo a mi mente, tanto para distraerme como para provocar el placer: las fantasías han sido por años mi refugio y la fuente de satisfacción.  No la piel, no las terminaciones nerviosas, ni los olores, ni los sonidos, ni los sabores. Estos dos últimos años, desde cuando mi cuerpo se me impuso a través del dolor y de la enfermedad, he emprendido una aventura de reencuentro de mi cuerpo, de mi desear, de mi sensibilidad. Estoy re-aprendiendo a disfrutar... espero no limitarme a "pasar", sino graduarme con honores en esta asignatura!!

Era domingo, en el primer semestre del 2000. Llevaba unos cuatro meses casada y, como nuestros planes iniciales eran irnos a Monterrey por el trabajo de Camilo, yo no estaba trabajando. Pasaba mucho tiempo sola en casa, escribiendo mi tesis de filosofía sobre la confesión. Así que vivía hacia dentro, por decirlo de alguna manera: leyendo, reflexionando, escribiendo. Era raro parar de leer sobre las "características antropológicas de base" para sacar la ropa de la lavadora o bajarle al arroz... En fin, no tenía con quien conversar porque a Camilo no le interesaban mis reflexiones y, en general, no salía y si lo hacía no era fácil poner el tema que me rondaba en la cabeza y en el alma.  Ese domingo estaba sola porque Camilo se había ido a jugar fútbol, estaba lavando la loza cuando las escuché.

Las voces en mi cabeza hablaban entre ellas y se reían. Yo no entendía lo que decían y decidí que se estaban burlando de mí. Se burlaban de lo que yo estaba comprendiendo sobre la confesión y del valor que yo creía que estas comprensiones tenían.  Recuerdo que el agua seguía corriendo mientras yo estaba en medio de estas voces, como en un banquillo, llena de miedo y de vergüenza. Cerré la llave y me quité los guantes con mucha conciencia, quizás esperaba que al hacerlo, esta alucinación terminara. Pero seguían allí. Me senté en la sala, con extraña calma, quería comprobar que no perdía la noción de dónde estaba; y no la perdí, yo sabía dónde estaba y quien era al tiempo que escuchaba las voces. Hasta que no soporté más la crueldad de sus risas y me dejé llorar mientras les pedía que se callaran... "No más, por favor, no más" repetí muchas veces hasta que callaron.

No sabía qué hacer, sólo pensé en T. mi amiga sicóloga, la llamé y le conté lo que había pasado sin decirle cuál era el objeto de sus burlas. Al día siguiente fui con ella a donde el siquiatra que me recetó antidepresivos. No volví a escuchar las voces, pero mi confianza en lo que pensaba y escribía se rompió. Dejé de escribir con disciplina, me tardé un año y medio más en terminar la tesis... Y esta desconfianza en el valor de lo que escribo, de lo que pienso y siento, ha hecho que  no busque con decisión formas de darlo a conocer.  Hoy comprendo que no estaba deprimida, estaba conectada con mi mundo profundo y también con lo divino; la depresión vino después, cuando me desconecté...

Si hubiera hablado con alguien de lo que pasó realmente... pero no sabía cómo ni con quién. Sip, sentía vergüenza tanto de haber oído voces como de eso que empecé a llamar "arrogancia" relacionada con lo que pensaba y escribía.

Antes de que yo naciera, mi mamá tuvo un "problema de nervios" y estuvo en una clínica de "reposo", como las llamaban antes. No sé la causa, ni lo que le pasó allí: nada. ¿Por qué? Pues porque en mi familia de "eso" tampoco se habla. Yo me enteré hace poco y no por mi mamá.  Uno de los "valores" familiares era "No perder la cabeza", eso implica tanto las expresiones de la tristeza, del miedo así como de la alegría o del entusiasmo, como la noción de realidad.  Así que yo decidí "dejar así", minimizar y olvidar el "incidente".

Hoy llegó a mi este recuerdo y, a través de la escritura, la comprensión del impacto que tuvo para mí quizás porque estoy en el proceso de lanzar el libro Reinventa el Amor y escucho el eco de esas voces, de esa risa... Y necesito aceptar que están ahí para poder deshacerlas, ya conozco las consecuencias de pretender que no están.

Ayer, en una sesión muy amorosa de constelaciones con sistémica, vi con claridad el origen de dos de mis creencias falsas fundamentales: estoy sola y no pertenezco.  En la disposición de mi sistema familiar, yo estoy arriba, como una observadora que, aunque está ahí, no se permite ser parte. Más mente que corazón, temiendo ser castigada por lo que veo y que otros no ven, temiendo ser causa de dolor para los otros.

Me imaginé a Peter Parker, el hombre araña, que elige separarse de los que ama y ocultarles sus poderes para que nadie les haga daño, también para evitar tener una debilidad que lo lleve a ceder en su misión por salvar a su amada o a su tía.  Amar es ser vulnerable; pertenecer implica renunciar a tus poderes: esas fueron las lecciones que heredé y he organizado mi vida para ratificarlas. Y el anhelo inmenso por pertenecer, amar y ser amada está en la raíz de la tristeza que ha brillado en mis ojos desde siempre.

En noviembre de 1982 cumplí 10 años, nos mudamos de Ciudad Montes a El Nogal (del estrato 3 al 6...) entré a bachillerato y mi hermano entró en la universidad. Varias implicaciones: por un lado, la urgencia de salir del barrio se originó en esa aventura de mi papá con la vecina... así que esa mudanza fue como una huida. En Ciudad Montes mi papá tenía un reino, pertenecía a la Defensa Civil y manejaba el territorio, el Sur de la ciudad era su mundo. Al sacarlo de allí, contra su voluntad, claro, pusimos a una criatura salvaje en una costosa jaula,  su rabia creció contenida...

Yo dejé mi vida de barrio, los juegos en la cuadra, el parque enorme que era como el patio de mi casa; llegué a una zona donde no había niños en la calle, las empleadas domésticas tenían uniformes, en la panadería no vendían lenguas azucaradas y los vecinos no se conocían entre sí.  Yo no pertenecía a ese barrio, mi familia no pertenecía a ese lugar. Comencé a sentir vergüenza de lo que éramos. Mi mamá cantaba duro en la misa y eso me avergonzaba, mi papá no sabía tutear y le dio por hacerlo, yo no hablaba inglés ni estaba en un colegio del Norte...  No sé cómo habrá sido para mi mamá ni para mi hermano; creo que sus mundos estaban lejos, el mundo de mi mamá era la empresa donde reinaba y florecía, y mi hermano estaba descubriendo el mundo nuevo de la universidad...

Además, mi familia, era una construcción muy frágil, sostenida a punta de negación y silencio. Estaba sola. Mi Nana era mi único refugio; ella ya no dormía en una habitación como la mía o la de mi hermano, como era en Ciudad Montes, ahora estaba en el cuarto de servicio y yo dejé de pasarme en medio de la noche a su cama como lo hice siempre durante mi infancia. Inicié la construcción de mi reino, aislado, en mi habitación; en mi mente. Jugaba sola, dibujaba y pasaba largos ratos viendo por la ventana. Durante dos años esperé cada noche a mi hermano, acostada en su cama, él llegaba después de las 11, yo lo saludaba y él me cargaba a mi cama... Durante dos años construí, sobre una colina, una muralla de cristal a mi alrededor: que me vean, que crean que estoy aquí, sin sentirme expuesta, sin dejar que se acercaran. Aprendí a observar, a analizar sin implicarme. Era mi manera de estar a salvo.

En noviembre de 1984,  descubrimos que la criatura salvaje que mi madre creía contenida en la costosa jaula había encontrado la manera de escapar para volver a sus andanzas. Un nuevo amorío de mi papá volvió a revolcarnos la existencia. Cumplí 12 años, dos meses y medio después entré al hospital convulsionando...  Y esa es otra historia.

Sólo he perdido una amiga y fue por algo que yo hice y de lo que nunca me atreví a hablar. Tatiana y yo nos hicimos amigas haciendo un mapa de Antioquia para la clase de geografía, estábamos en primero de bachillerato. Ella era una súper deportista, tenía una risa ruidosa y contagiosa, pecas y maravilloso sentido del humor. Fuimos inseparables durante 5 años; luego pasó algo que todavía no termino de comprender: luego de ser un duo por años, llegó otra amiga, Sandra, y fuimos un trio... hasta que Sandra se "cuadró" con mi ex novio y, bueno, Tatiana y Sandra fueron un duo. Cuando entramos a sexto de bachillerato, perdí a mi amiga y navegué ese último año de colegio con amigos circunstanciales, por decirlo de alguna manera. Al final del año, Tatiana iba perdiendo Cálculo, yo era buena en matemáticas, ella me pidió ayuda: nos volvieron a unir 100 ecuaciones...

Muchos años después, yo le conté a otra amiga una situación difícil por la que Tatiana estaba atravesando, rompí nuestro pacto de confidencialidad y ella se enteró en el entierro de mi Nana porque mi otra amiga, sin prevenciones ni mala intención, le preguntó cómo estaba con respecto a aquella situación. No era el momento, supongo, para hacerme un reclamo, aunque sí me preguntó visiblemente molesta por qué había contado algo confidencial. Nunca volvimos a hablar de eso y, poco a poco, la relación fue distanciándose. Hace 4 años que no nos vemos ni siquiera para celebrar los cumpleaños, una práctica que mantuvimos durante más de 15 años de amistad.

Lamento profundamente mi error porque mi amor por ella sigue intacto y la extraño. Aprendí sin duda que mis amigas son un regalo que la vida me ha dado y que es mi misión cuidarlas, cuidar como en inglés "care", porque me importan.  Al escribir esto, siento nostalgia y también creo que puedo hacer algo diferente ahora. No era consciente de cuánto me cuesta pedir perdón.  Aaaaagggg... siento una punzada en el estómago. Pero de esto se trata también este ejercicio confesional.

Las historias para niños solían (eso ha cambiado también) tener definidos con claridad a los buenos y a los malos. Digamos que en la infancia necesitamos esos modelos nítidos, mas cuando crecemos y empezamos a comprender la complejidad de la vida, las distintas capas y los momentos e inquietudes de los personajes, nuestra manera de "juzgar" lo que hacemos y hacen los otros debería moverse de los extremos de "bueno" o "malo" para entrar en esa zona de menor definición y mayor comprensión... Y... no pasa.

Esta mañana, durante mi meditación-oración llegaron a mi mente, mis tres muertos: Jaime Rubio, mi Nana y mi Papá  (Jaime fue mi profesor y mentor durante mi Maestría en Filosofía, luego fue mi amigo y creo que fui su confidente y amiga).  Y quise agradecerles; a Jaime y a mi Nana es fácil darles las gracias, a mi Papá... Bueno, pues me quedé pensando en él y en cómo se volvió el malo de la historia en mi familia, --posición que después ocupé yo, por cierto--.

En 1995 mi papá y yo hicimos un viaje solos, estuvimos en Orlando y Tampa durante una semana y luego estuvimos en México. Durante ese tiempo, lejos de mi mamá, mi hermano, la Nana, la empresa, yo pude conocer a otra persona, a esa persona que era más que mi papá. Me contó historias de su infancia y de su familia, nos reímos como niños en los parques, comimos perros calientes sentados en los andenes... Otra persona, un ser humano que me gustó mucho. Luego volvimos y cada uno retomó su rol y sus funciones dentro del sistema familiar. Pero yo atesoré esos recuerdos, porque yo quería amar a mi papá... En los últimos años de su vida, mi papá dejó de ser el malo de la historia, su rol cambió; también conservo muchos recuerdos de ese último tiempo.

Lo que agradecí hoy a mi papá fue haber ocupado ese rol del malo, porque en todas las historias se necesitan estos personajes y hoy creo que aceptar ese papel es un acto de amor.  Al contar ahora la historia, puedo comprender la complejidad, hoy sé que no hubo ni hay malos ni buenos, pero mientras vivimos como personajes de esa familia, nos juzgamos unos a otros buenos y malos.

Yo pude amar a mi papá, pero no supe cómo relacionarme con él de una forma distinta de la que establecimos desde siempre. Los aprendizajes a veces nos llegan tarde... Mas con su alma me siento en paz, incluso creo que anda por aquí, insistiendo en que siga des-cubriéndolo, en que continúe viendo más allá  del personaje...

El lugar desde el cual cuento mi historia hace toda la diferencia; así como el lugar desde el que hablo en una conversación difícil también hace toda la diferencia.  En este momento de mi vida me siento segura, en paz; amada y conectada conmigo misma, me siento guiada y acompañada por Jesús y sostenida por Dios siempre. Así que cuento mi historia desde el amor, desde la compasión conmigo y con todos los involucrados.

Antes (hasta hace, di tú, un par de meses) no era así, yo buscaba en mi historia evidencia de lo malos que habían sido los otros y también yo.

¿Qué pasó? Viajé con mi mamá a México, estuvimos en el Hostal de la Luz en Tepoztlán durante 6 días y 3 días en el DF.  El viaje en sí mismo fue muy sanador para mi relación con mi mamá y creo que mi disposición a estar con ella de una manera distinta creó el contexto de posibilidad para lo que experimenté en el Hostal. Después de 3 días de terapias y meditación, escuché a Jesús hablándome en mi cabeza. Y esa noche mi cuerpo se movió sin mi control hasta el amanecer; desde ese día, cada vez que cierro los ojos y pienso en las frases iniciales que escuché, entro en ese estado de "desprendimiento del cuerpo" y puedo escucharlo.

Este resumen ejecutivo de la experiencia no da cuenta de ella, claro. Pero no es mi intención explicar algo que no se puede explicar... Lo que hoy veo es cómo cambió mi mirada, cómo cambió "el lugar" desde el que veo mi historia para contarla. También hablo conectada con este nuevo centro, si puedo llamarlo así.

Las palabras pueden ser puñales y también pueden ser lámparas...

Mi hermano se fue de la casa cuando yo tenía 15 años después de una pelea horrible entre él y mi papá, con mi mamá involucrada (años después mi hermano me dijo que ese día él se dio cuenta de que físicamente era más fuerte que mi papá y que si seguía ahí llegaría a pegarle y... era mejor irse).  Cuando mi hermano salió, mi mamá dijo que nos íbamos con él, mi papá cerró con llave la puerta y aquello era sólo gritos y llanto. Entonces yo hablé. Todo el tiempo sólo había llorado, como testigo impotente. Hasta que mi papá dijo algo sobre el respeto que le debíamos. Ese fue el detonante, saqué mis palabras como puñales y sin que la voz me temblara le dije que el respeto se ganaba y él no tenía derecho a reclamar el nuestro; que ni el amor ni el respeto se sentían porque sí... Mi papá se quedó callado, luego dijo que si yo no lo amaba, él ya no tenía razones para vivir, que se iba a pegar un tiro (mi papá tenía un revólver en su mesa de noche). Yo lo miré a los ojos y le dije: "Si te vas a matar, hazlo en el cuarto y evítanos el espectáculo de tu muerte" - sí, esas fueron mis palabras -. Él se fue al cuarto y mi mamá empezó a llorar más duro y a reclamarme por haberle dicho "esas cosas" a mi papá. "Un hombre que le pega a su esposa es un cobarde, mamá, él no se va a matar, no tiene el valor" - eso le dije a mi mamá. Y no se mató. Yo tenía 15 años y mi papá acababa de arrebatarme a mi hermano; el dolor del que salieron mis palabras las convirtió en armas que hirieron a todos. Luego todo volvió a ser "como si nada", salvo que ahora mi hermano no vivía con nosotros. Mi papá y mi mamá empezaron a temerme y su miedo hizo que me convirtieran en la mala de la historia; "insensible" me decía mi mamá a partir de ese momento. Hablar, nombrar... me trajo problemas. Reforcé entonces mi aprendizaje sobre el silencio, sobre callar, disimular, pretender como medio de supervivencia.

Treinta años han pasado... Y hoy sé que puedo hablar desde otro lugar; ya no con la intención de herir, de causar un dolor como el que esté sintiendo... Ni tampoco de culpar.  Hoy elijo hablar para traer luz. Eso es lo que siento cuando escucho a Jesús, sus palabras me ayudan a ver, a comprender; son luz y llenan mi alma de paz, de alegría. Incluso si son duras, difíciles de escuchar, yo sé, yo siento el amor del que vienen.  Eso he sentido al escribir estos días, es muy distinto de las miles de páginas de mis diarios en las que escribía desde el dolor, desde el miedo, desde la rabia y la tristeza y las palabras sólo creaban más sombras, eran como hilos de telaraña en los que me quedaba enredada.

Ese 1988 fue un año crucial en la relación de mis papás, mucho dolor en los dos... Así que la pelea y la ida de mi hermano fueron una erupción que cambió la superficie de la montaña que era nuestra vida, mas la lava seguía bullendo dentro, amenazante. Aquello podría derrumbarse, por eso era necesario callar, no abrir ninguna fisura más; por eso fue necesario callarme. Las palabras pueden derrumbar montañas... Claro, entonces nadie podía pensar siquiera si valía la pena mantener una montaña de mentiras.

Cuando era niña, disfrutaba con extraña intensidad la Navidad. No se trataba de los regalos porque cuando era niña la lista se reducía a un ítem porque el resto eran las cosas útiles (ropa, sobre todo) que el Niño Dios traía para ayudarles a los papás. A mí me gustaba armar el pesebre, con todo y su lago de espejo, río de papel aluminio, musgo seco (práctica poco ecológica, sin duda...), casitas hechas en plastilina y palitos de paleta; también me gustaba rezar el rosario y hacer la novena. Los vecinos tenían también bellos pesebres y diciembre era un mes lleno de encuentros. Yo rezaba y cantaba con alegría, con mucho fervor; podía pronunciar las palabras impronunciables de los villancicos ("Emmanuel preclaro, pastor del rebaño...") y sentía que Jesús estaba allí, escuchando, presente y feliz.

Y luego, cuando comenzaron los secretos, comenzó mi miedo a Dios. No sólo lo que yo comencé a callar, a ocultar, sino mi conciencia sobre los secretos de los demás en mi familia. Las primeras cosas que callé fueron mi confusión, mi tristeza. Yo era "la niña juiciosa, buena y bonita", y pegadita a esos atributos estaba una obligación implícita: "Debes estar bien y ser feliz".  Todo lo que fuera en contra de "juiciosa, buena, bonita, bien y feliz" empecé a ocultarlo.  Cuando tenía 9 años mis papás tuvieron una pelea y mi papá se fue a quedar a la casa de mi abuela materna (una de las razones de mi confusión). Mi papá se había enredado con una vecina -eso es lo que recuerdo- y mi mamá le dijo que se fuera de la casa. Es la primera gran pelea de la que tengo memoria. Pero yo no entendía cómo mi abuela dejaba que mi papá se quedara con ella si él le había sido infiel a su hija... Mi hermano intercedió para que él volviera, eso tampoco era lógico para mí porque mi papá era "el malo de la historia", era infiel, le pegaba a mi hermano, gritaba... ¿Por qué lo querían de regreso? Yo no entendía.

Yo creía que si mi papá se iba, todos los problemas de la familia se arreglarían, entonces ese era mi deseo, que se fuera... Pero no podía decirlo y menos cuando parecía ser la única que lo deseaba; sentía rabia, con mi papá, claro, pero también con mi hermano y con mi mamá.  Cuando mi papá regresó a la casa y volvimos a vivir "como si nada", yo me sentí mala, sentí que mi deseo, mi rabia y hasta mi confusión eran malas.  Sentí vergüenza y también me supe distinta de los demás en mi familia; callé y me aislé, jugué el juego de "aquí no pasa nada".  La siguiente Navidad ya no canté ni recé con alegría; ya no quería estar en presencia de Jesús, porque yo era mala, yo era diferente. Yo sabía que Dios podía verme y pensé que si yo me alejaba, Él no podría verme; aunque en mi vergüenza estaba la certeza de que Él ya no me quería...  Tuve miedo y decidí alejarme primero.

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